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Liderazgo desde los márgenes

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Foro Global en Línea

  • Liderazgo desde los márgenes
  • 8 de diciembre del 2014
  • Desde la COP20, Lima

La legitimidad requiere participación

  • La democracia moderna nace de la observación de que no puede haber legitimidad de gobierno sin votación regular por parte de la ciudadanía
  • o sea: los gobernados deberían elegir a los que gobiernen
  • Sin embargo, es común la idea de que el votante no puede acceder a los corredores del poder
  • ni influenciar las decisiones de los que trabajan allí.

Las dudas claves

  • ¿Por qué la gente cree con tanta firmeza que el ser humano medio no puede tener ningún efecto en su entorno político?
  • ¿Por qué la gente se siente tan alejada del proceso legislativo?
  • ¿Por qué un grupo de ciudadanos haría el esfuerzo de intentar no sólo tener un efecto en el proceso legislativo…
  • sino también cambiar esa creencia tan profunda y arraigada de la gente ante el proceso político?

La respuesta fácil

  • Porque funciona.
  • Existir significa tener derecho a participar.
  • No podemos decir que un proceso es legítimo si funciona a base de la idea de que la gente no debería tener voz.
  • No podemos decir que nos niegan el acceso si no hacemos el esfuerzo de colaborar de manera constructiva.

El dilema del ciudadano

El ciudadano medio vive una crisis: en casi todo el mundo, se hace fácil pensar que un ciudadano, o un grupo íntimo de ciudadanos, no puede efectuar ningún cambio en el sistema. El problema es realmente varios a la vez:

  1. el lugar común del cinismo político sugiere que nos veamos sin ninguna capacidad de mejorar las condiciones;
  2. la cultura de la falsa crítica sugiere que sería mejor no desear nada mejor, y así no correr el riesgo de fracasar;
  3. nos acostumbramos a ver que la gente no hace es esfuerzo de tomar las riendas del proceso político;
  4. nos acostumbramos a una situación en la que los políticos ven que la gente no hace el esfuerzo…

Se hace, entonces, necesario distinguir entre la fábula cínica de que dicta que no vale la pena y la realidad humana en la que los seres humanos que nos representan necesitan nuestra participación, para que puedan representarnos. Aunque parezca improbable, la mayoría de la gente funciona, con respecto al sistema político, como si los políticos pudieran leer la mente de cada ciudadano y tuvieran ya toda la información necesaria.

En conversación sobre el papel del ciudadano, de hacer liderazgo desde los márgenes del sistema político, descubrimos algo con lucidez y significado: el ciudadano puede elegir entre no tener voz, hablar desde los márgenes, liderar desde los márgenes, o incluso entrar al centro del proceso de decisión y ayudar a que lleguemos a la mejor política posible. Si la meta es la perfección, uno apunta hacia la decepción y perderá energía y compromiso con velocidad; si uno apunta a lo óptimo, entonces puede seguir y seguir en el trabajo interminable de ser ciudadano, participar en el proceso, y ayudar a mejorar cada vez más tanto el proceso como los resultados.

Sin embargo, no gozamos de tiempo y recursos sin límite. La persona media tiene que decidir, constantemente, si pone su atención, su tiempo y su esfuerzo en esta o aquella actividad, en esta o aquella tarea, esta o aquella manera de enriquecer la vida de sus seres queridos. La presión que implica ese malabarismo cotidiano personal hace que sea muy fácil encontrar razones por las que tendría sentido no hacer el intento.

Lo más importante en este debate sobre el dilema del ciudadano es asegurarnos de un enfoque serio y relevante. No se gana nada cediendo el poder del ciudadano al cinismo barato.

Es aquí donde la formación de un equipo es clave: a solas, el individuo es una mente, una intención, una voz, un calendario. Rodeado de un equipo de conciudadanos, que trabajan de manera coordinada y que entienden and se entregan a la misión ética de tomar su lugar en el ambiente cívico, de participar y de hacer el esfuerzo de que tengamos una política más humana, más informada, más inteligente, y más colaboradora, el individuo se hace parte de un tejido de eficacias.

El cínico dirá que el no experto no tiene lugar ni puede ser de fiar; el cínico se equivoca. Sin el ciudadano no experto, sin el testimonio directo de gente que vive las consecuencias de la política, no tenemos democracia, y no podemos fiar en el proceso experto.

No se trata de hablar por hablar; la voz del ciudadano, escuchado con atención por los que deciden, es parte de un esfuerzo coordinado que puede mejorar el proceso político y los resultados.

La lección principal de este foro ha sido: no hay que ceder nuestra ciudadanía al cinismo ni a la desesperación; la ética nos dice que podemos, y por lo tanto, deberíamos, insistir, de manera constructiva y coordinada, en tener una política mejor.

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