Earth Policy Institute, Ecosistemas y elasticidad, Salud oceánica, Suministro alimenticio
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Aumento de zonas muertas en las aguas costeras del planeta

Janet Larsen

Al llegar el verano al Golfo de México, trae cada año una enorme “zona muerta” carente de peces y de otra vida marina. Aumentando su área durante las últimas décadas, esta zona ahora puede extenderse hasta los 21 mil kilómetros cuadrados, área más extensa que el estado de New Jersey. Una situación semejante se encuentra en un nivel menor en la Bahía Chesapeake, donde desde los años 70, una gran zona sin vida marina se ha convertido en fenómeno anual, llegando a veces a penetrar en el 40 por ciento de la bahía.

Dispersos por el planeta, hay unas 146 zonas muertas—trozos de mar sin el nivel mínimo de oxígeno necesario para sostener vida. El número de zonas muertas se ha duplicado cada década desde los años 60. Muchas son fenómenos de temporada, pero algunas de estas zonas bajas en oxígeno permanecen durante todo el año.

¿Qué es lo que está matando a los peces y a otros sistemas vitales de estas zonas costeras? Una cadena compleja de eventos tiene la culpa, pero muchas veces se debe al intento de los agricultores de cultivar más comida para la creciente población humana global. Los fertilizantes proporcionan materia nutritiva para la cosecha, pero cuando por un desagüe llegan a los ríos y los mares, fertilizan la vida vegetal microscópico también. En altas concentraciones de nitrógeno y fósforo, las algas y los PHYTOplacton florecen de forma desmesurada. Cuando los PHYTOplacton mueren, caen al fondo del mar y se los descomponen los microorganismos del suelo marino. Este proceso quita oxígeno del agua del fondo y crea zonas de poco oxígeno, o zonas hipóxicos.

La mayoría de la vida marítima no puede sobrevivir en condiciones hipóxicas. Los peces y otros animales que puedan nadar, abandonan las zonas muertas. Sin embargo, no están del todo seguros—su traslado de hábitat les hace más vulnerables a los depredadores y a otros estresores ambientales. Otras especies de vida marina, como los mariscos, que no pueden trasladarse a tiempo, se ahogan en las aguas hipóxicas.

Las zonas muertas varían en su extensión de entre pequeñas secciones de bahías y estuarios costeros, hasta las que cubren grandes trozos del suelo marino, extendiéndose hasta los 70 mil kilómetros cuadrados. La mayoría occurre en aguas templadas, y se concentran en las aguas de la costa oriental de Estados Unidos y en los mares europeos. Otros ya han aparecido en las aguas costeras de China, Japón, Brasil, Australia, y Nueva Zelanda.

La zona muerta más grande del mundo se encuentra en el Mar Báltico, donde una confluencia de desagüe agrícola, nitrógeno generado por el uso de combustibles de fósil, y corrientes de excrementos humanos, ha sobrefertilizado el mar. Condiciones semejantes han generado zonas hipóxicas en el norte del Mar Adriático, el Mar Amarillo, y el Golfo de Tailandia. La piscicultura costera es otra fuente de los excesos nutritivos que se encuentran en algunas aguas costeras.

43 de las zonas muertas conocidas ocurren en las aguas costeras de Estados Unidos. La del Golfo de México, ya la segunda más extensa del mundo, irrumpe en una zona de pesca de alta producción que proporciona el 18 por ciento del pescado anual estadounidense. Los gamberos y pescadores del Golfo han tenido que trasladarse a lugares que quedan fuera de la zona hipóxica para encontrar peces y gambas. La pesca de de gambas marrones, el producto de pesca más importante del Golfo, han bajado de su nivel récord del año 1990, con los niveles anuales más bajos ocurriendo en los años más hipóxicos.

El exceso de nutrientes, debido al desagüe de fertilizantes que conlleva el Río Mississippi parecen ser la causa principal de la zona muerta del Golfo de México. 1,6 millones de toneladas de nitrógeno entran cada año en el Golfo desde la cuenca del Mississippi, más que el triple de la cantidad media observada entre los años 1955 y 1970. El Río Mississippi es el desagüe natural del 41 por ciento del terreno de Estados Unidos, pero la mayoría del nitrógeno tiene su origen en los fertilizantes utilizados en la tierra productiva de la Cintura del Maíz.

En términos mundiales, el uso anual de fertilizantes ha subido a unos 145 millones de toneladas, un aumento de más de mil por ciento durante los últimos 50 años. Estas cifras coinciden con el aumento del número de zonas muertas alrededor del planeta. No sólo se añade más nitrógeno útil al medio ambiente cada año, sino que además va bajando la capacidad natural de filtrar y absorber esos nutrientes, porque se bombean los humedales y las orillas de los ríos se someten al desarrollo urbanístico. Durante el último medio siglo, el planeta ha perdido la mitad de sus humedales.

En Estados Unidos, unos de los principales estados agrícolas, como Ohio, Indiana, Illinois y Iowa han vaciado el 80 por ciento de sus humedales. Los estados de Louisiana, Mississippi, Arkansas y Tennessee han perdido más que la mitad de los suyos. Este proceso ha permitido que aún más de los fertilizantes lleguen al Golfo a través del sistema fluvial del Mississippi.

No puede haber ninguna cura universal para la hipoxia, porque los factores contribuyentes varían en cada zona. Pero la clave está en reducir la contaminación con nutrientes excesivos y restaurar las funciones naturales de los ecosistemas afectados. Afortunadamente, han habido algunos éxitos que podemos señalar. El estrecho de Kattegat, entre Dinamarca y Suecia, sufrió una plaga de condiciones hipóxicas, con excesivos florecimiento de placton, y fallecimientos de peces desde los años 70. En 1986, se hundió la pesca de langosta noruega, provocando al gobierno danés a formular un plan de acción. Desde entonces, los niveles de fósforo en el agua han bajado un 80 por ciento, gracias sobretodo al recorte de emisiones de plantas industriales y de tratamiento al agua WASTE. Con el reestablecimiento de los humedales costeros y la reducción del uso de fertilizantes por parte de los agricultores, esta solución ha frenado el florecimiento de placton y ha incrementado el nivel de oxígeno disuelto en el agua.

La zona muerta de la ESTEPA al noroeste del Mar Negro llegó a su extensión máxima de 20 mil kilómetros cuadrados en los años 80. En gran parte por el hundimiento de las economías centralizadas de la región, el uso del fósforo bajo por un 60 por ciento, el uso de nitrógeno por un 50 por la mitad en el sistema fluvial del Rió Danubio, y de forma semejante en otras cuencas fluviales que desembocan en el Mar Negro. Como resultado, la zona muerta se encogió. En 1996, desapareció por primera vez en 23 años. Aunque los agricultores hayan bajado agresivamente el uso de fertilizantes, la cosecha no sufrió una reducción proporcional, indicando un uso excesivo anterior.

Mientras parece que el fósforo fue el culpable principal de la zona muerta del Mar Negro, el nitrógeno de origen atmosférico—en mayor parte por las emisiones de los combustibles carbónicos—parece ser el ímpetu principal de las zonas muertas de los mares Norte y Báltico. Para combatir esta causa, hace falta frenar el uso de combustibles fósil con mejoramiento de eficiencia, fomentar proyectos de conservación e inaugurar un traslado tecnológico hacia el uso de energías renovables.

Para el Golfo de México, frenar el desagüe de nitrógeno agrícola podría reducir la zona muerta. Aplicar fertilizantes más precisamente adecuados a las exigencias particulares de cada semilla sembrada, permitiría una absorción mayor por parte de las plantas, impidiendo su viaje al mar. Prevenir la erosión conservando la tierra, alternando el arado y la siembra de cada campo, con la restauración de los humedales, también ayudaría.

Programas innovadores como el Nutrient Best Management Practices Endorsement (apoyo a las mejores práctias de gestión de nutrientes) del Fondo Americano de Tierra Agrícola, pueden reducir la incidencia del uso excesivo de fertilizantes. Los agricultores que siguen las recomendaciones por aplicación de fertilizantes y reducen su uso reciben garantías de reembolso por cualquier déficit en la producción de su cosecha. Ahorran el dinero no gastado en la compra de fertilizantes y están protegidos de la pérdida financiera. Bajo programas de prueba en Estados Unidos, el uso de fertilizantes ha bajado por un 25 por ciento.

Es posible reducir algunas de las zonas muertas en sólo un año, con metas bien pensadas y una gestión responsable. Por otras zonas hipóxicas —especialmente en el Báltico, un mar encerrado con un reciclaje más lento de nutrientes— la solución podría durar más en efectuarse, lo que señala la necesidad de actuar cuanto antes. Porque aunque las zonas muertas puedan extender o encogerse según el nivel de nutrientes recibidos y las condiciones climáticas, los consecuentes fallecimientos de peces no se superan tan fácilmente.

Reproducido en traducción con permiso del Earth Policy Institute
Copyright © 2004 Earth Policy Institute

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